14 jun. 2007

IntermediO TardíO [1450-1553 ] ºDESTRUCCIÓNº



Incas




Durante el Intermedio Tardío proliferaron pequeñas organizaciones curacales, llamadas señoríos por los investigadores, por toda el área andina. Si bien durante esta misma época estos señoríos coexistieron con organizaciones más complejas como los Chimú, ninguna resaltaba en especial, a no ser por ciertos vestigios anecdóticos y particulares de la zona andina. Nada hacía presagiar que de entre estos curacazgos, uno del Cuzco se haría el más famoso de todos: el de los Inca.




Los Incas para el siglo XII eran un pequeño grupo tribal que ocupaba la cuenca del Cuzco, evolucionando hacia señorío a inicios del siglo XIV y formando un Estado recién para el siglo XV. Fue allí que grupos como los Chanca empezaron a constituir una amenaza. Al parecer se libró una batalla, con lo cual se refuerza una idea de un grupo preparado para la guerra, el cual después sería uno de los principales caracteres de la expansión: administrativa, militar y cultural. Este carácter bélico de los Incas puede encontrar su origen en la expansión Huari, en su intento por conquistar el valle del Cuzco, mantuvo a la etnia originaria de los Inca en una alerta constante. Esto los fortaleció y les permitió atacar a los Chanca. Pero no sólo esto recibieron de los Huari, pues también aprendieron de su tipo de organización, la cual después reprodujeron a gran escala en el Tahuantinsuyo.






Lamentablemente no se cuneta con información confiable para relatar cómo fue esta expansión incaica, quedándose la historia trunca, entremezclada con el mito y con la leyenda. El trabajo de los arqueólogos en este sentido está en deuda, más aun si se cuenta con gran número de vestigios arqueológicos, como en este caso.






Tentativamente, los investigadores han usado las siguientes fechas para delimitar el desarrollo de los incas: Hacia el año 1200 d.C. se estableció el Estado Inca, en 1438 aproximadamente ocurrió la coronación de Pachacútec, y de ahí habría comenzado la vertiginosa expansión incaica hasta el momento de la llegada de los españoles, en 1532.






De los Huari heredaron una organización muy compleja, los caminos, las construcciones de piedra y por sobre todo la idea imperial. De los Chimú, quizá la cultura más poderosa y compleja hasta su contacto con los Incas, heredaron la divinización del mandatario y de su entorno, y la existencia de una jerarquía administrativa. El tema de la dualidad incaica lo encontramos en una tradición que no puede ser atribuida a una sola etnia, y parece que fue una institución bastante arraigada del área andina.




Se debe enfatizar que si bien los Incas recibieron gran parte de las tecnologías e instituciones que luego utilizó y expandió, el enorme territorio que lograron administrar política y comercialmente, así como los impresionantes monumentos que han hecho a esta cultura mundialmente famosa, es prueba de una sorprendente capacidad organizativa que va más allá de la simple reproducción de tecnologías e instituciones. En ese sentido los Incas no copiaron, sino aprovecharon lo aprendido para mejorarlo y potenciarlo.





Composición social




Un examen de la sociedad andina de finales del siglo XV destaca como una sociedad jerarquizada, compuesta por macroetnías gobernadas por hatun Curacas o grandes señores quienes a su vez tenían bajo su autoridad a una serie de señores menores.




La élite






La sociedad andina estuvo muy jerarquizada. Comprendía, en la escala inferior, a los hatun runa u hombre del común e inmediatamente por encima se extendía una vasta gama de señores.

Durante el gobierno de Túpac Yupanqui, el soberano ordenó la división de la población en un incipiente sistema decimal. La primera agrupación era de diez hombres del común o chunga (diez) liderados por uno de ellos; diez de estos pequeños grupos componían una pachaca (cien individuos) con su propia jefe; diez de aquellas pachacas formaban una guaranga (mil hombres) también con su señor.
Varias guarangas de una misma composición étnica se unían en una macroetnía o gran señorío con sus propios mitos de origen, sus tradiciones, costumbres e idioma. A estas macroetnías, los españoles las denominaron vagamente "provincias" sin indicar su área geográfica detallada. Así sabemos por ejemplo que existía el Señor de las siete guarangas de Cajamarca, la sétima estaba formada por toda una guaranga de
mitimaes de distintas procedencias e impuestas y formadas por los incas. Este sistema tenía la gran ventaja de permitir una contabilidad permanente en la población, necesaria para conocer por un lado los lugares superpoblados de donde se podía sacar gente para formar los ejércitos y, por otra parte, los que tenían escasez de mano de obra y requerían de mitamaes. La contabilidad se realizaba gracias a los quipus, esas cordeletas de distintos colores, largos y nudos que eran manejadas por especialistas llamados quipucamayos. A la cabeza de cada macroetnía se situaba el Hatun Curaca o gran señor que a su vez gobernaba a los varios señores de guranga (mil) y así bajaban los jefes en la escala social.
Ahora bien, en todo el Tahuantinsuyo los señores eran duales, uno para la mitad de Arriba y otro para la mitad de Abajo. Con la formación del Estado Inca surgieron los curacas eventuales, por lo general paniaguados o servidores del soberano o personas a quienes éste quería distinguir. Un ejemplo de aquellos eran los dos curacas del pequeño señorío de Lima al tiempo de la fundación española de la Ciudad de Los Reyes. El uno se llamaba Taulichusco y pertenecía a la categoría de yana o sea de servidor de Mama Vilo, esposa secundaria de Huayna Cápac; el segundo jefe, Caxapaxa, radicaba en el Cusco y era yana de Huayna Cápac. Los incas gustaban de tener en la capital a uno de los jefes duales para controlar a los señores en caso de rebelión.
Estos grandes señoríos o macroetnías se desestructuraron muy temprano para crear el sistema de encomiendas coloniales. Además de los señores que gobernaban los grandes señoríos, el Estado necesitaba un gran número de dignatarios para agilizar el gobierno. Se trataba de administradores, jueces, visitadores, Apos o jefes que iban por las "provincias" escogiendo a las doncellas para los
Aclla huasi. Muchos de los personajes que cumplían algún papel en la administración de tan grande Estado eran miembros de las panacas o de los ayllus custodios.
Un renglón aparte fueron los quipicamayos o contadores estatales quienes llevaban en los quipu las cifras poblacionales y también los montos almacenados en los depósitos gubernamentales. Dado que en el Incario se desconocía el uso del dinero, los depósitos llenos de bienes manufacturados y de subsistencias representaban la riqueza del Estado. Con esos bienes el Inca podía mostrarse generoso y el gobierno hacía frente a los ritos de la
reciprocidad.
Otro funcionario importante era el veedor de los caminos y puentes quien controlaba que la gente local mantuviera en buen estado la red vial.



Los sacerdotes









Después de los diversos señores y de los administradores, eran importantes los sacerdotes. Los había de muy distintas categorías a la cabeza, el sumo sacerdote del Sol, siempre un pariente cercano del Inca.
En el ámbito andino existía una gran afición por los oráculos y se predecía el futuro de muy distintas maneras. Ningún acto importante se efectuaba sin antes consultar con la callpa. Se trataba de extraer el palpitante corazón de un camélido y de leer en él los augurios.
Los informantes de Ávila narran de un augurio sobre el fin de la adoración del dios Pariacaca, un imponente nevado de la zona de Huarochirí. Para honrar dicha huaca se estableció un grupo de sacerdotes de Hanan yauyos dedicados a su culto y un día estando reunidos auscultando las vísceras de una llama sacrificada, uno de ellos exclamó "¡Qué desgracia! Los augurios son nefastos. Hermanos, nuestro padre Pariacaca será abandonado!"

Furiosos, los demás lo insultaron, pero a los pocos días se supo de los sucesos de Cajamarca y los sacerdotes se dispersaron y retornaron a sus ayllus.
Entre los sacerdotes los había que hablaban con las
huacas y los que lo hacían con los difuntos. También estaban los que predecían el futuro con granos de maíz, hojas de coca o con arañas negras y peludas encerradas en huesos humanos vacíos para saber el porvenir abrían los tubos de huesos y la forma en que caían los arácnidos y si se quebraban las patas o no, les permitía pronosticar el futuro.




Los mercaderes



En los Andes existió en la costa una clase social que se dedicaba al trueque y al intercambio. Estos fueron llamados por los españoles "mercaderes a modo de indios" porque no usaron dinero, aunque los había de diversa índole.
En el señorío de Chincha, estos "mercaderes a modo de indios " formaban una clase aparte compuesta por seis mil personas. Ellos mantenían un intercambio en dos sentidos, una ruta norteña con balsas hasta Puerto Viejo y Mantas en el actual Ecuador, y una vía terrestre con hatos de camélidos hacia el Altiplano y el Cusco.
Estos tratantes llevaban cobre para el intercambio marítimo con el norte y a su retorno traían
mullu, unas conchas rojas (Spondylus) de las tibias aguas de los mares septentrionales. La importancia del Spondylus consistía en ser la ofrenda favorita de las huacas y dioses y se usaban para los ritos propiciatorios de lluvias. Los arqueólogos han hallado Spondylus desde la época Chavin de Huantar, es decir en tiempos muy anteriores al Intermedio tardío sobre el cual tratamos aquí.
Pero no sólo en Chincha prosperaban los "mercaderes". En el norte los había de dos categorías sociales. Existía por una parte, un trueque de pescado seco y salado realizado por grupos de pescadores especializados en dichos trabajos. Ellos trocaban en su propio valle y el excedente lo llevaban a la sierra contigua. El segundo nivel de "mercaderes" correspondía a "señores" que no poseían tierras ni agua - así lo afirmaban- y se ocupaban de mantener un trueque que consistía en ropa de lana, chaquira, algodón, frijoles, pescado y otras cosas. Los jefes más modestos trocaban con sal.

Los artesanos


En la costa, los artesanos tenían una situación especial pues trabajaban sólo en su oficio. En la sierra, por el contrario, no dejaban de atender a la agricultura. La característica yunga o sea costeña era la especialización laboral. Con el transcurso del tiempo, el gobierno tuvo necesidad de acceder a un mayor número de objetos suntuarios, lo cual requería de una dedicación exclusiva de los artífices. Por ese motivo se procedía a enviar al Cusco y a los principales centros administrativos a grupos de ayllus de artesanos con el objeto de satisfacer las demandas estatales. Los más solicitados fueron los plateros u orfebres costeños y hallamos en el Cusco a ayllus oriundos de Ica, Chincha, Pachacamac, Chimú y Huancavelica del Ecuador. Otros artesanos requeridos fueron los ceramistas y pintores de mantos costeños. En 1566 los encontramos en el norte del país solicitando autorización para ir de pueblo en pueblo cumpliendo sus oficios.




Causas de la caída

El espectacular colapso del incario se produjo por una serie de motivos que se pueden dividir en dos tipos las causas visibles y las causas profundas. Los fundamentos visibles son bien conocidos la guerra fratricida que mantuvo dividido el poder y el mando, el factor sorpresa aprovechado en la emboscada de Cajamarca, la superioridad tecnológica europea referente a las armas, es decir los arcabuces, falconetes, espadas de acero y la presencia de los caballos.
Todas estas razones pesaron en los acontecimientos pero no fueron las únicas que determinaron el triunfo de los hispanos. Existieron otros elementos que actuaron de manera decisiva en la derrota indígena, a saber la falta de integración nacional por no tener los naturales conciencia de unidad frente al peligro extranjero y la carencia de cohesión entre los grupos étnicos.
El estado inca no fue considerado por los naturales bajo el concepto de una nacionalidad. Además, la hegemonía inca no pretendió anular la existencia de los grandes señores étnicos porque sus estructuras socioeconómicas se apoyaban en ellos y no suprimió sus particularidades. Al Inca le bastaba recibir el reconocimiento de su poder absoluto que le daba acceso a la fuerza de trabajo que necesitaba para cumplir sus obras de gobierno y la designación de las tierras estatales y del culto en todo el territorio.
La única medida centralizadora ordenada por el soberano fue la implantación de una misma lengua en todo el país. La intención era facilitar el trato y la administración ante la pluralidad de lenguas y dialectos. El advenimiento de los incas significó para los grandes señores una pérdida de poder y de buena parte de sus anteriores riquezas. Sus mejores tierras pasaron al poder del Estado, con la gente local trabajando sus campos y el usufructo llenando los depósitos gubernamentales.
A pesar de los grandes regalos percibidos por los curacas a través de la reciprocidad, ello no compensaba su pérdida de libertad y la imposición del yugo cusqueño. La situación del hatun runa u hombre del común no era más satisfactoria con la creación de la mita guerrera y los masivos traslados de poblaciones de mitimaes. Así, el incario a la muerte de Huayna Cápac no era el estado utópico pintado por algunos cronistas. Por el contrario, el descontento animaba a buena parte de la población y es por ello que con el arribo hispano y la guerra civil les pareció a los curacas que era el momento preciso para dejar de lado la reciprocidad con el Inca y aprovechar de los forasteros para trocar con ellos sus lealtades. Un innegable descontento debió reinar entre los señores y entre las clases populares, insatisfacción que dio lugar a un deseo de sacudirse de la influencia inca. Estos sentimientos explican la buena acogida otorgada por los naturales a las huestes de Pizarro. Es por esos motivos que los españoles fueron masivamente ayudados por los señores indígenas con ejércitos, cargadores de víveres, armas y bienes de toda índole. No fue un puñado de hispanos quienes doblegaron al Inca sino los propios andinos descontentos con la situación imperante quienes creyeron encontrar una ocasión favorable para recobrar su libertad. Si sus cálculos fallaron fue debido a la natural ignorancia de los acontecimientos futuros pues ellos no conocían los deseos imperialistas de la corona española ni sus extensas conquistas en México y el Caribe.




Las violentas epidemias




Antes que los españoles pisaran el suelo del Tahuantinsuyo, las epidemias se habían adelantado ya y habían tomado posesión de las tierras con inusitada violencia. En el primer viaje de Pizarro desde Panamá, quizá en la isla de La Gorgona o en tierra firme, un blanco o un negro cayó enfermo y contagio a la población local. De ahí, como reguero de pólvora, el mal se extendió incontenible, ensañándose contra pueblos indefensos frente a esas nuevas enfermedades. Estas enfermedades eran las eruptivas como la viruela, viruela loca, sarampión, gripe, etc. Los naturales fueron fulminados por enfermedades comunes en Europa pero para las cuales los ellos no poseían defensas genéticas. Funesto aporte de ultramar.
Después del primer estrago, las epidemias se hicieron recurrentes. Aparecían de tanta en tanto y aniquilaban ayllus enteros. Así, hallamos en los documentos de la zona de Huarochirí del siglo XVIII una lista de algunas comunidades desaparecidas debido a enfermedades. Al lado de los ayllus figura la palabra "fenecido". Indudablemente las epidemias debilitaron la resistencia andina ante los extranjeros y facilitaron la invasión. Según estimaciones del historiador David N. Cook, la caída demográfica alcanzó a finales del siglo XVI el 90% de la población prehispánica y la desaparición de casi la totalidad de los habitantes de la costa central afectados directamente por las guerras civiles entre españoles, el exceso de tributo y la edificación de la Ciudad de los Reyes.

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